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La celebración del día de Todos los Difuntos nos sumerge en el misterio de la muerte y resurrección de Jesús. Nos confirma la esperanza de la vida eterna de la mano de nuestro Padre Dios y nos enseña a mirar nuestras limitaciones físicas propias del paso del tiempo, como un ofrecimiento al Señor, contemplando el rostro de la muerte con fe y confianza. Él nos dice: “Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Jn 11,25).
Con su vida, el Señor nos demuestra que el sufrimiento por la muerte de quienes amamos es natural: el mismo Jesús “se echó a llorar» (Jn 11, 35) ante la pérdida de su amigo Lázaro. Como cristianos, es legítimo sufrir y llorar ante la partida de nuestros amigos.
Sin embargo, el Señor nos llama a resplandecer en “la esperanza de nuestra feliz resurrección”, pues “aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad”. Si bien no somos solamente alma, en el Señor, el cuerpo no es el final de la vida.
En el dolor y la enfermedad que muchas veces viene de la mano con la muerte, entramos en comunión con el Señor haciéndonos parte de Su pasión, al mismo tiempo que Él nos consuela a través de Su propia entrega en cada Eucaristía como «medicina de inmortalidad».
En este día de profunda reflexión, no olvidemos que nuestro Padre Eterno nos libra de la muerte por medio de la resurrección y nos espera con Su abrigo celestial, allí donde la vida “se transforma y no se acaba”. |